¿Cuál es el gasto más absurdo de un millonario?

Tras las excentricidades del anterior post, a muchos ha sorprendido el detalle de que el futbolista Jefferson Farfán vaya a celebrar el bautizo de su hijo con una fiesta amenizada por el Gran Combo de Puerto Rico. La gracia debe costarle unos 50 mil dólares, según la prensa local. Farfán, quien a estas alturas ya debe ser considerado millonario, se puede dar el lujo de escuchar en vivo los temas que los peruanos de la calle solo podemos regalarnos por CD. Enhorabuena, no es realmente una extravagancia. Mi viejo me recordó hace poco la bizarra versión popular de que el crack Hugo Sotil, en los días en que se paseaba en un Ferrari amarillo, gozaba al quemar billetes para prenderse los cigarrillos. Y tampoco es un delirio. A los millonarios mayores, a esos que juegan en las grandes ligas de la más obscena opulencia, parece que se les llega a zafar un perno del raciocinio. El caso más flagrante podría ser el de cierto millonario boliviano que, en pleno proceso de divorcio, le propuso a su esposa pagarle un bolo de 400.000 dólares cada vez que él le sacara la vuelta.
Antenor Patiño
, conocido en su tiempo como “El rey del estaño”, era hijo de Simón, un tendero analfabeto de Cochabamba que con los años fundó el más fabuloso imperio económico en la historia de ese país. En la cúspide de la riqueza familiar, con negocios y propiedades en Asia, Europa y América, Antenor llegó a ser conocido como “el príncipe heredero” y como tal se casaría con la princesa María Cristina de Borbón, una sobrina del rey Alfonso XIII. El asunto es que el matrimonio no sobrevivió a su ritmo de fiestas fabulosas y escapadas amorosas. La mujer pidió el divorcio, en lo que representaba una tremenda amenaza al patrimonio. Entonces el magnate “le suplicó que renunciase a su proyecto mediante la cesión de una pensión alimentaria de 400.000 dólares anuales”, más una cifra similar cada vez que fuera atrapado en arrebatos infieles. “Aquella misma noche incurrió en falta y, sin pestañear, firmó el cheque a nombre de su esposa. Unas semanas más tarde, María Cristina consiguió atraparlo otra vez y Antenor pagó de nuevo los 4000.000 dólares”, relata el escritor español Víctor Franco. Tiempo después, fue él mismo quien planteó la demanda de divorcio.
La soledad parece propicia para las extravagancias. Otra prueba está en la biografía de Bárbara Hutton
, heredera de un imperio de almacenes en Estados Unidos. “Su capacidad de gastar no tiene límites. Posee una volcánica fantasía para descubrir siempre nuevos sistemas con el irrefrenable objetivo de tirar el dinero”, escribió de ella el periodista Luis Bettonica. La señora Hutton se había hecho millonaria a los 15 años, debido a las muertes repentinas y desvaríos de sus ricos familiares cercanos. Aquella insólita independencia alimentó un espíritu hecho para la diversión. Cuando tuvo 21 años, y el consiguiente control de su fortuna, se mandó comprar un vagón de ferrocarril para su uso personal. “No soportaba viajar metida entre la gente”, refiere Bettonica. No sería la última de sus manías. Hutton, cansada de siete fracasos matrimoniales, solía alquilar trasatlánticos enteros para viajar de Europa a Estados Unidos sin el riesgo de toparse con la menor molestia. Estamos hablando de alguien que decoraba las puertas de sus mansiones con manijas de oro. Alguien que en vez de preparar una habitación para la llegada de su segundo hijo, le mandó alistar un ala de su palacio, que constaba de seis habitaciones, tres baños y una cocina.
Pero el antiguo magnate de los medios William Randolph Hearst
llevó esa vocación por el derroche a niveles delirantes. El hombre que inspiró la célebre película “El ciudadano Kane” tenía una debilidad de anticuario que durante treinta años lo impulsó a comprar adornos y muebles de todo tipo. Entre sus posesiones estaba “un lecho de Richelieu, un dosel de Carlos I de Inglaterra” una pinacoteca que albergaba cuadros desde el siglo XIV y una biblioteca que “reunía ejemplares raros de buscada bibliofilia”, según un artículo biográfico del narrador español Rafael Abella. Estas, sin embargo, eran las piezas más sencillas de su desaforado afán de coleccionista.
Las más preciadas, sus delicatessen, eran edificios completos que se le dio por comprar por todo el mundo. “En 1925 compró el castillo de St. Donat, en Escocia, en el que apenas si pernoctaría jamás; en 1927 hizo suya otra residencia (Norman House) de corte medieval, en Long Island, provista de torreones y puente levadizo; en el año 1928 se hizo construir en Santa Mónica una descomunal mansión de 110 habitaciones y 50 cuartos de baño; en 1930 edificó en Wynton, en las montañas de California, una lujosísima casa de estilo bávaro. Finalmente no pudo resistir la tentación de poseer un espléndido bungalow en Beverly Hills, que era la más modesta de sus incontables residencias”, resume Abella. Una vez se le dio por adquirir un claustro español, por el tallado de sus frisos, y lo hizo desmontar para que se lo llevaran por partes hasta Nueva York. El punto es que el soberbio edificio permaneció en la aduana de esa ciudad durante dos años: Hearst no tenía idea de dónde ponerlo.
Algunas fortunas dependen del temperamento de sus regentes. El millonario Andrew Carnegie
aprovechó mejor que ninguno la suya para repartirla con ánimo filantrópico a medida que se hacía más viejo. Se dice que le otorgó una pensión de 50.000 dólares a la viuda de su amigo Teodoro Roosevelt. Y regaló cantidades enormes de dinero a universidades de su Escocia natal, en una previsora cruzada por la educación. Unos 125 de esos millones fueron a una fundación que lleva su nombre. Al momento de fallecer, había regalado el 90% de sus 500 millones de dólares. El otro lado de la moneda corresponde a Howard Hugues
, un hombre que a los 60 años había acumulado dos mil millones de dólares. Tras una vida de aviador, playboy y director de cine por capricho, un día Hugues simplemente mandó reservar el noveno piso de un hotel de Acapulco y se enclaustró para siempre. Poco después compró toda la propiedad y dos hoteles más de las cercanías para asegurarse de que nadie lo molestara. Desde allí controlaba por teléfono su imperio, apenas en contacto con cinco o seis hombres de confianza. “Se dijo que, para no perder contacto con la gente, hacía filmar miles de metros diarios de película en las calles de las principales ciudades del mundo: así podía contemplar a otras personas sin salir de sus habitaciones”, refiere Víctor Franco. La prensa, intrigada por la desaparición de quien por años había sido el hombre más conocido de EE.UU., llegó a denominarlo “El hombre invisible”. Nadie pudo fotografiarlo más, su imagen se quedó congelada en fotografías antiguas. Se puede decir que fue el autor de la mayor extravagancia en un hombre rico: compró su derecho a convertirse en un fantasma.
Esta claro que estas son historias de ricos del pasado. Las fabulosas fortunas del presente deben conducir a extravagancias mayores. Algo debe pasarle a un tipo que podría gastar un millón de dólares diarios durante 84 años antes de quedarse sin plata, como le ocurre al sueco Ingvar Kamprad
, dueño y fundador de la multinacional de muebles Ikea. Algo debe tiritar en la mente de un tipo como el ruso Roman Abramovich, de quien se dice que carga siempre tres millones de euros encima por si le da ganas de comprarse algo al paso.







